Poema Canto Tercero de Pedro Luis Menéndez




31 July 2016 Poema Canto Tercero de Pedro Luis Menéndez

“Esto es el hoy todavía, y es el mañana aún, pasar de casa en casa
del teatro de los siglos, a lo largo de la humanidad toda.”
(Juan Ramón Jiménez)

La conciencia del fuego es toda la tristeza,
frontera arrebatada
de los altivos tránsitos que fueron
una causa perdida,
una ambición de edades
que en derrota poblaron las claras primaveras,
un eco de los días
prisioneros de luz
más allá de las calles apresadas,
un coraje de sangre enarbolada hasta el cielo más alto,
un ser de juventud,
frontera arrebatada caída contra el tiempo,
contra las tardes mudas
de una historia cobarde
que en esferas de lodo
nos arrancó la luna de las miradas dulces,
el extravío cándido del círculo perfecto,
la flor de una belleza
que en corazones puros ardía fieramente,
voces en la avenida,
carreras en la arena contra un cerco
que aleteaba en temblor de adolescencia,
golpes sordos de nieve
y el brutal desafío
de aquéllos que contemplan desde el muro
la sed de una vergüenza arrinconada,
un ser de juventud,
humillaciones
advertidas e inútiles de pronto entre los brazos muertos,
los dedos derramados al costado de un paso
atrás, un eco de los días
más allá de las calles,
un coraje de sangre arrebatada
caída contra el tiempo,
contra el amor que armaba las canciones
de alas de enredadera,
de silenciosa y mágica caricia,
de encuentro aventurado
que venturoso
reunía fauces contra el dolor del mundo,
y convocaba abrigos y refugios
tan dentro
de nosotros como un alba resuelta, una mañana
limpia de recelos, un mediodía estricto
de ilusiones, la flor de una belleza
que en corazones puros ardía fieramente,
abrazos en portales oscuros
donde los gestos
torpes se confunden,
entresuelos de cine americano
en tardes somnolientas de lunes otoñales,
senderos de los parques contra el frío
y la soledad azul de los inviernos,
espigones de muelles absolutos para la fiel memoria,
un eco de los días
prisioneros de sombras
sin espejo más allá de estas calles,
más allá de las mismas palabras
que la vida elegía
para hacerse brutal
en los domingos quietos de verano,
en la morada absurda de los bares que fueron
nuestra aula feliz,
nuestra montaña
mágica de ademanes ansiosos,
la mano en el cigarro, los labios en la copa
vertida
hacia el deseo de una imagen
más clara
y casi ya sabernos, sin engaños,
condenados al viento de otro norte
más allá de estas calles,
más allá
de estas sombras que la vida elegía
para ocultarnos
los restos del camino,
los caídos al límite de todas las banderas,
los hambrientos sin sueño, los feroces
contra la siembra turbia de una historia
maldita de antemano,
un ser de juventud, frontera
arrebatada caída contra el tiempo,
detenida en sí misma
para no contemplar
las imposturas de un engaño baldío,
las coincidencias lúcidas que aclaman
tantas verdades muertas
por el cielo, tantas verdades muertas
por llorarnos
entre la lluvia gris y sin decoro,
entre los ríos lívidos del fiero desamparo,
las estrellas caídas,
los ángeles remotos
aleteando en temblor de buena nueva,
encuentro aventurado
que venturoso
reunía fauces sobre el dolor del mundo,
sobre la soledad
de esta historia
que en círculos
regresa como un engaño más,
mientras transcurren días, horas, calles
más allá de estas calles,
y nada se transforma
al ritmo cansino de esta nostalgia nuestra
que desemboca en gestos
al fin reconocibles,
en códigos rituales
de una noria imprevista, en alusiones torpes
a los cuerpos remotos perdidos para siempre,
como un amargo despertar del ansia
que nadie perpetúa,
edificios velados del humo y la ceniza:

la conciencia del fuego es toda la tristeza,
un ser de juventud,
frontera arrebatada caída contra el tiempo,
una generación perdida entre dos mundos,
viento y azar que al aire convocado
nos desnudó de esencia para vernos
correr en desconsuelo tras la estela
del último vagón,
aquél prohibido
de los últimos ecos de una guerra ignorada,
de una palabra que en unión crecía
para hacerse
pasajera de un mundo
contra el mundo del odio y las palabras grandes,
cuando nosotros éramos los últimos esbozos,
aluviones inútiles
llegados a una tierra sin salida,
corazones sobrantes
de una crisis por nadie imaginada,
adulteradas bocas
gimiendo en estaciones durísimas sin trenes,
sin ambición ni estelas,
sin máquinas
de sangre por los raíles tensos
de una bandera ajena a nuestro mundo,
con la esperanza rota en flor de juventud,
labrado desencanto
que peleó nostalgias de otras voces
que fueron la mentira,
amado desencanto
que recorrió las calles transitadas
de una generación desprevenida, una generación
perdida entre dos mundos,
odiado desencanto tras la sombra
del último vagón,
aquél llegado para nunca
a otra frontera vieja y sin retorno,
frontera arrebatada y sin retorno,
frontera sin retorno:

la conciencia del fuego es toda la tristeza
pero nosotros somos la tristeza
final del pensamiento,
nosotros somos
el pensamiento muerto que nunca retuvimos
en los ojos mansísimos que amaban,
en este otoño,
pasiones de un invierno revivido ya en nadie,
nosotros somos la tristeza final,
tristeza muerta,
las masas rebeladas sin retorno
hacia un mundo que esclavo es de codicia
final del pensamiento
de occidente, babélica
codicia sin retorno, acumulada
esfera de despojos inútiles, baldíos
ademanes que no vienen ni van
sino transcurren,
hoy ciegos para ayer, por una tierra
incierta y demudada, infiel
de soledad,
acumulada tierra de despojos inútiles,
agria de soledad,
desesperada tierra que las almas asola,
fría de soledad,
de soledad que en vértigo
acelera
los caminos sin margen de estos cuerpos
opacos, de estos ardidos cuerpos, su arrebato
de historias tan pequeñas que nadie creería,
sin ninguna importancia,
sin tiempo para ideas enormes e inmortales,
nosotros somos la tristeza
final del pensamiento muerto,
una generación perdida
entre dos mundos vacíos,
entre los hombres huecos de ayer
y de mañana,
un ser de desamor
a lo largo de la humanidad toda,
un ser en desconsuelo
tras la estela del último vagón,
un ser herido más allá de estas calles,
de otro norte,
los caídos al límite de todas las banderas,
los feroces
contra la tierra turbia maldita de más sangre,
una generación perdida y sin retorno:

la conciencia del fuego es toda la tristeza,
una ambición de edades
que en derrota poblaron los silencios,
acallaron latidos,
no dijeron del mar tanta nostalgia
como se acumulaba por sus venas,
tanta palabra rota
que en corazones puros ardía fieramente,
tanta pasión perdida en un rincón de nadie,
pasión perdida y sin retorno,
nostalgia y sin retorno,
palabra sin retorno:

la conciencia del fuego es toda la tristeza
pero nosotros somos la tristeza,
ahora que nos queda tan sólo
reunirnos de amor
contra la soledad de un mal invierno,
permanecer sin más
contra la orilla de los supervivientes,
añorar los naufragios
y recordar unidos las derrotas del tiempo,
aquellos laberintos en los que la memoria
derramada
llovía cuerpo a cuerpo
entre el umbral del sueño y la noticia
de un ámbito feliz,
ahora que nos queda tan sólo
permanecer sin más
contra la orilla de los afortunados,
los seguros,
los fuertes,
contra los hombres huecos de ayer y de mañana,
contra la soledad de un mal comienzo,
aquellos laberintos sin destino
en los que la memoria arrebatada
caía
contra el tiempo más allá de estas sombras,
más allá de las causas perdidas
que poblaron las claras primaveras,
los refugios del alma
que vencía condenación y tedio, nube
amarga de un bosque desolado,
de una certeza insólita,
de una canción de luna y abandono
por los altos senderos de todas las conciencias,
nosotros somos la tristeza final
ahora que nos queda tan sólo reunirnos
arrebatadamente,
convocarnos
a la voz de los principios, la voz
estricta del origen,
y entonar un canto de derrota insalvable,
el vértigo en lamento
de una generación perdida entre los mundos,
sobre las avenidas,
bajo el arco atronador
del ruido y las palabras,
más allá de la tierra y de los edificios,
contra la siembra turbia de una historia cobarde
que desemboca
en gestos al fin reconocibles,
amargo desencanto de una generación desprevenida,
ahora que nos queda tan sólo
permanecer sin más
contra la orilla de los supervivientes,
la costa que no oculta los despojos culpables
de alguna esperanzada maniobra,
los símbolos
de algún otro destino,
los poderosos cauces de otras lágrimas
que en puro amor llenaran
de este sueño su más fugaz quietud
sin desamparo:

el horror es el límite,
concisa soledad, huella que en huella advierte
el cortejo del hambre y ya no gime,
silencio de miseria
que en pantallas de tedio
se finge gratitud, socorro apresurado,
falsa imagen del horror,
soledad que no gime:

la conciencia del fuego es toda la tristeza
pero nosotros somos la conciencia,
el remedio de un mal despertar,
la tregua simulada
en la que nadie
confía, esa bandera
blanca por el puente del odio
como un viento frío sobre el agua quieta,
un viento helado sobre el agua quieta,
flores de pergamino entre las uñas,
como un volcán cansado de llorarse del mar
tanto abandono,
tanta furtiva súplica,
el otoño celoso de los tiempos duros,
aquellos tiempos de fatiga inerme
por los que aún volvemos a las cosas,
al sentido,
a las preces,
esta misma inconstante luz del canto,
este dolor de hombre por la muerte:

la verdad es el límite, profecía
de un engaño cruel que repta cautamente
por las sombras ya alerta
de una esperanza
tenue, la torre de las formas intangibles,
las calles abatidas por amor
de silencio, falsa
imagen de la verdad, sombra sin límite:

la conciencia del fuego es toda la tristeza
pero nosotros somos la conciencia de toda la tristeza,
la profunda conciencia
de los labios heridos
sin fortuna, los que caminan calles
por un tiempo sin suerte, cansancio
del cansancio, con las manos dispuestas
a negar la evidencia de un día
sin fatiga,
los que caminan calles
sin sorpresas
porque un aire de hielo ha traspasado
los billetes de banco contra un mundo
sin cartas hoy propicias,
mientras bailan
millones sobre el alma y el cetro de los que todo saben,
de los que reconocen la voz,
la fiel moneda de los años que vienen
cuando se tuerce el gesto y nadie es nadie,
ni los vencidos nadie,
ni nadie es derrotado,
desventura de azar inconmovible mientras transcurren
días, años, calles más allá de estas calles
y nada se transforma,
tantas verdades muertas por el cielo:

el horror a la verdad es el límite,
prodigioso, consternado
por ecos sin deseo de luz, transparencia
que abate la rebelión de un mágico
retorno, boca pequeña y dulce
que no nos sobrevive
ni en la dócil
caricia de estas manos, condena y arrebato
por los que aún volvemos a las cosas,
el horror es el límite,
verdad sin límite:

la conciencia del fuego es toda la tristeza,
un ser de juventud, frontera arrebatada
caída contra el tiempo,
una generación perdida entre dos mundos
condenados al viento de otro norte,
las mareas que fluyen
sobre un haz de tiniebla
que estremece la costa, las arenas tendidas
de todos los recuerdos
que no hemos conservado,
tal vez también
de los que permanecen en nosotros
fieles a la palabra sin promesa,
sin voz,
sin juramento,
amargo desencanto que recorrió las calles
transitadas de una generación desprevenida,
tras la estela del último vagón,
tras la tierra baldía de esta nostalgia
eterna, el desarraigo
feroz de nuestra sombra,
mundo
feliz, residual coordenada de unos astros
que huyen del terror, callada
geometría que cuartea el acero
y es imagen del cosmos,
absoluta falacia que nos brinda
porvenires edénicos en sistema binario,
muerte y horror del hambre,
los jinetes de la última batalla,
la química del fuego contra el fuego:

la conciencia del fuego es toda la tristeza
pero nosotros somos el silencio,
la palabra
que oculta un insomnio de mares
más allá de esta vida,
un bosque
sin retorno más allá de este sueño,
un rumbo
hacia la luna de las miradas dulces
como alguna canción
que nos dará tristeza,
ahora que nos queda tan sólo
reunirnos de amor,
ahora que nos queda
tan sólo reunirnos
arrebatadamente,
convocarnos a la voz de los principios
y entonar un canto como entonces,
sobre las avenidas,
más allá de la tierra y de los edificios,
una música viva
como la pura luz,
sin ceremonias, tomando de la mano
a los instantes
que en la historia volvieron,
mientras el mar
recoge las redes de este andar:

la conciencia del fuego es toda la tristeza
pero nosotros somos
la conciencia del fuego
y toda la tristeza.


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